Rara vez me percato que me dirijo a algún lugar en particular. Más bien acostumbro a seguir mis instintos, y cuando he llegado a algún lado, recién asimilo lo que he hecho.
Claro que existen excepciones: cuando intento cruzar puentes.
Los puentes tienen un sabor mágico, una sensación especial y espacial. Por cada puente existe un punto de partida y -al menos, eso se supone- otro de llegada o fin.
Enfrentarse a un lado del puente, sabiendo que debemos recorrerlo entero para recién completar la aventura de cruzarlo, es una experiencia siempre distinta; sobre todo cuando no sabemos dónde o cómo terminaremos.
Pero además, existen aquellos puentes que constantemente construimos afanosamente; o bien, sin enterarnos.
Construimos puentes con nuestros pares, con nuestros amigos y familiares. Probablemente no son puentes con tanto sabor a aventura pues son caminos relativamente conocidos -y a veces obligados- y mantener esos puentes en buenas condiciones muchas veces es un acto reflejo.
Pero qué sucede con los puentes que deseamos construir conscientemente?
Cuán responsables somos por la ruta trazada -si es que siquiera nosotros la definimos?
Cómo es que unilateralmente, esa ruta de pronto simplemente ya no sea accesible, cuando siempre hubo 2 puntos de acceso?
Acaso derrumbamos puentes tan rápidamente después que costó tanto esfuerzo construirlos?
No es fácil conocerse a sí mismo, y mucho menos conocer a otros. Pero cuando tenemos la oportunidad de conocer otras personas, crear puentes hacia otros mundos y maravillarnos con el viaje, qué sucede que de pronto pareciera que terminamos destruyendo esos accesos.
Creo que la vida se empeña en que aprendamos a no derrumbar puentes, sino a construirlos, y de vez en cuando; mantenerlos, al menos para que otros puedan cruzar hacia nosotros, o hacia otros mundos.
