“No más mi piel deseará ser tuya, ni mis palabras se escribirán para ti.
Mi cuerpo ya no será testigo-cómplice del tuyo, ni refugio mío tus labios serán.
No más mi sed. No más!.
El éxodo de mi carne comienza hoy”
Tuve la oportunidad de leer eso, y me hizo recordar cuan unido soy a mi piel, a mi cuerpo. No sé si eso es bueno o malo -sentirse tan apegado a lo físico- pero me es muy difícil evitarlo, porque soy todo piel.
Por mi piel entra la sensación del viento, el agua, el frío, el calor. Incluso los nervios a veces aparecen en mi piel. Pero del mismo modo; también el dolor se hace presente, y no queda sólo en la piel.

El dolor se extiende por toda la carne, invadiendo sentidos, descuartizando entrañas, succionando la sangre, estorbando el ritmo del corazón, perturbando el alma, rasgando todo a su paso. El dolor no respeta solicitudes ni hace tratos.
Pero, y cómo se combate el dolor?
Hay dolores que pueden ser disminuidos con medicamentos, pero si el dolor es producto de enamorarse, o querer a alguien y sentirse decepcionado, o saberse usado y desvalorado por alguien querido. Ese dolor ha causado daño en el organismo y la piel, y por lo mismo; no hay receta médica.
Peor aún si somos seres de piel. En ese caso; creo que el dolor sólo se combate refugiándose en muchos lamidos, tiempo, y mimos. Durante el proceso de “curación”, nuestra piel irá mutando paulatinamente hasta que la piel vieja termine su éxodo, y la nueva tome el lugar que le corresponde: llenarse de sensaciones…aunque sean dolorosas.
